La nueva Educación

Vivimos en una era donde la revolución tecnológica ha cambiado nuestra manera de vivir y asimilar la realidad. El siglo XXI ha permitido que los medios de comunicación, como la televisión e Internet rompan las fronteras y vivamos en un mundo globalizado donde la información está a solo un clic de distancia. Este escenario actual nos ha permitido ser testigos de cómo el mundo cambia su perspectiva ante los progresos científicos que han dado luz desde los más avanzados teléfonos celulares, pasando por los más sofisticados computadores, hasta llegar al desarrollo de proyectos tan trascendentales como la inteligencia artificial. Hoy en día, un niño que crece en este entorno, tiene a su disposición del Internet para estar en conexión no solo con sus amigos, sino también para acceder al conocimiento y saciar su curiosidad y deseo de aprender.

Ante estas circunstancias surge la pregunta sobre ¿cuál será el compromiso que tendrá la educación dentro de este escenario? ¿Hasta qué punto es necesaria la presencia del docente para la formación de cada mente humana? ¿Cuál será el destino y responsabilidad de la educación?

La historia de la educación es tan antigua como la historia misma de la humanidad. El arte de aprender y transferir conocimiento proviene desde las etapas más primitivas del ser humano, no solo cuando debía asimilar el oficio de la pesca o la caza, sino cuando le era necesario comprender como era el mundo, el ambiente, la situación del vasto universo en el que se hallaba, donde las estrellas eran un misterio y el fuego una salvación para poder sobrevivir. Por esto mismo, la esencia de la educación produce un factor que no puede otorgar el conocimiento en sí mismo: la de moldear el pensamiento y comprender las autenticas virtudes que éste representan para que cada persona se sienta realizada existencialmente. La libertad que genera este acontecimiento es lo que da sentido y forma a la vida misma. La razón por la cual el hombre busca e investiga sobre sí mismo y sobre el mundo que habita es porque la vida misma se le presenta como un misterio y es su interna inclinación continuar comprendiéndose su razón de ser. Las claves que nos ha facilitado el estudio de la Historia son las que nos han permitido reconocer de dónde venimos, donde estamos y hacia dónde vamos. Otras materias como la filosofía o la aritmética nos ayudan a establecer los límites de nuestra voluntad, desde construir un edificio o tomar una decisión que cambie el rumbo de nuestra vida.

De la misma manera como lo cité en el ejemplo del mundo primitivo, donde la preocupación era sobrevivir encontrando el refugio ideal u obtener el alimento para subsistir, el mundo del siglo XXI enfrenta nuevos retos para el ser humano. Por eso, la verdad es que las enciclopedias, los libros y los tomos repletos de las más avanzadas investigaciones científicas no representarían su autentico valor sin “un maestro [que] es una brújula que activa los imanes de la curiosidad, el conocimiento y la sabiduría en los alumnos”, tal como lo afirma Ever Garrisson. El Internet y el mundo de la informática pueden brindar todos los elementos posibles para acceder al conocimiento, pero se puede asegurar con total certeza que la figura del maestro no estará en vía de extinción, ya que es su protagonismo el que permite que existan lineamientos claros para asimilar el saber y hacer un buen uso de este. William Butler Yeats tiene una frase preciosa sobre esto: “La educación no es llenar un cubo, sino encender un fuego”. Ese fuego es exactamente el que debe ser orientando por el poder de la educación, la que concede las perspectivas y los valores adecuados con los cuales continuar dándole sentido a la obra que teje el ser humano. Ese fuego que reside en el conocimiento es el mismo que puede producir una catástrofe nuclear a nivel mundial o sembrar miles de hectáreas de nuevos bosques para las generaciones futuras.

Teniendo en cuenta esto, la tarea del maestro en este mundo moderno y saturado de tecnología e información, adquiere ahora un valor importantísimo en el destino del alumno. La labor de la educación entra en juego cuando se debe educar a la persona, no solo para comprender todo el potencial disponible que constituye el conocimiento, sino el valor que puede darle a éste. En esta era digital, donde lo que nos mueve diariamente son los sistemas de información y nos cautivan los aparatos y las pantallas de colores, la tarea de la educación es permitir que el ser humano no se convierta en un ser alienado a los poderes de un sistema que explotará todo su entendimiento, dejándolo hipnotizado ante los sonidos de un Smartphone que le comunica quien acaba de subir una foto a una red social o le avisa sobre los impuestos que tiene que pagar o le pasa el dato más curioso sobre los famosos personajes del espectáculo. Y mientras eso ocurre, el mundo agoniza entre guerras, la soledad del individuo, la desesperación y angustia de los refugiados, el hambre y modelos económicos tan agresivos que asfixian el diario vivir de un sector de la humanidad.

Por todo esto rol del maestro debe entonces adaptarse a estas circunstancias para saber con precisión como enfocará el conocimiento para que sus alumnos puedan darle buen provecho y no que este mismo, en manos de otro, sirva para construir una realidad de alienación, tal como está ocurriendo en el mundo actual. Noam Chomsky decía que “si estas enseñando hoy lo que estabas enseñando hace cinco años, ese campo está muerto o lo estás tú”, una frase que nos indica que la educación siempre tendrá que buscar los caminos para moldear el pensamiento y la voluntad del aprendiz de manera que tal como lo afirmaba Hesiodo: “La educación ayuda a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser”.

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